jueves, 12 de septiembre de 2013




TODAVÍA PUEDO SALVARME
 Manuel Rojas

No somos infalibles, ya lo sabemos, pero cuánto quisiéramos alejar de nuestras mentes la idea de que nos vamos a morir  algún día. Que este sol que vemos ahora ya no lo volveremos a ver, o esta luna mágica, hermosa, cual naranja encendida en medio de la noche, no disfrutaremos nunca más. Eso también ya lo sabemos.
    Esa noche me acosté muy temprano. Así fue como empecé a notarlo. Desde hacía ya algún tiempo había venido acostándome cada día más temprano. No lo hacía por cansancio, no; en ocasiones tal vez, pero era otra cosa, algo extraño que aún no sé explicar. En el día trabajaba normalmente en la fábrica, como cualquier otra persona, aunque me desempeñaba como inspector de producción de una fábrica de hilo. Tenía a mi cargo mucha gente. Obreros rasos y dos secretarias: María Velandia y Carmen Colmenares, jóvenes aún y solteras. Muy eficientes, por cierto.
        En el día me entregaba con pasión al trabajo, sin reservas, pero al caer la tarde sentía el llamado de las sombras. Ante todo se trataba de un deseo, acaso misterioso, de vivir a tras luz, un nuevo sueño. Soñar se había convertido en un placer al principio, luego en una pesadilla de la que debo salvarme. Ahora lo recuerdo todo, incluso cada uno de los sueños que se fueron acumulando en mi mente como viejas fotografías en blanco y negro, y esa voz, esa maldita voz que me hablaba desde esa otra dimensión a la que estoy a punto de entrar de manera definitiva. O no sé si podré al fin salvarme del todo de ese espectro, de ese invento de mi creación, o de esa obsesión metafísica que trasciende mis sentidos y que al despertar, al sentirme vivo otra vez, doy gracias a Dios como un fanático de una secta religiosa.
Recuerdo vivamente algunas de esas pesadillas que al intentar describir, algo sobre humano me recorre el cuerpo de tal manera que siento ganas de llorar. Es espantoso todo y a la vez como imposible de relatar. Las imágenes no son de este mundo, ni nada de lo que hay allí, ni siquiera los seres que me hablan desde los universos remotos de una mente universal. El psiquiatra ha intentado por todos los medios hacerme hablar más de lo normal y no lo ha logrado, y aunque quiero decirlo todo no puedo, una fuerza muy poderosa se cierne en mi cabeza y me frena las palabras. Sin embargo en mi mente lo veo todo tan claro, como si viera una película…
Ah, se me ha olvidado decir que tengo una familia: esposa y dos hijos. Que ella es abogada y ellos estudiantes de arquitectura, el primero, y de ingeniería el segundo. Aunque esta información no tiene importancia para nada en esta confesión que trato de hacer -porque más allá de intentar contarles una historia real de mi vida, es una triste y sincera confesión de alguien que ya raya en la paranoia- es parte de la terapia a la que me ha sometido mi familia. 
Todo es confuso. Al acostarme, después del trajín de un día expuesto a las vicisitudes cotidianas de la vida real, empezaba a escuchar la voz. La escuchaba adentro, en la cabeza. Era una voz gruesa, espantosamente grave, pero muy suave, con cierta ternura. Y aunque no comprendía sus palabras, si a esos sonidos,  a veces onomatopéyicos, se le podían llamar palabras, las oía y obedecía, o en todo caso, mi cuerpo obedecía sin rebelarse, sin preguntar nada, sin contestar nada.  
       - awwwww sppppppppp…auuuuwwwwiiizzzzz- ahora mismo las escucho. Pero no están afuera, no proceden del pasillo o de las habitaciones, no están en el viento, no las percibo desde un parlante, o como parte una señal radial que entra con facilidad en el equipo receptor de frecuencias moduladas. No, las oigo como en la frente, o las sienes, adentro, adentro, infinitamente adentro…en los intersticios de la mente, de mi cerebro a punto de explotar cuando se repite y no cierro los ojos para entrar plácidamente a su mundo. 
Desde entonces vivo esta eterna apariencia de vida, estas dos verdades que se complementan en mí sin que haya una forma de comprender su origen. Alguien, en un momento, me dijo que ciertas personas, algunos cuerpos humanos, su naturaleza orgánica en todo caso, son sensibles a esos fenómenos y que con el tiempo se acostumbran a vivir una doble vida,  sin que eso se interprete como de carácter moral, es decir, no se trata de yuxtaponer dos categorías, si me permiten esta alegoría, entre el bien y el mal. Eso no está planteado en esta situación, eso no lo veo así, no lo siento así, lo que sí entiendo es que son dos mundos totalmente distintos. Sigo escuchando la voz: awwwwwwwwwsppppppppppp…auuuuuuuuuuuiiizzz
Cierro los ojos. Paso a paso trataré de explicar esta experiencia ante la curiosidad del psiquiatra y que él va a grabar para sus estudios preliminares sobre mi caso. De pronto me veo en una trinchera que se abre a lo largo de un campo desolado. Camino por ella. Presiento que debo bajar hasta el fondo y seguir la ruta que se abre ante mí, como una serpiente negra. Creo que estoy en un sitio donde se libra una guerra, pero no sé qué tipo de guerra. Todo es oscuro aquí, tan solo un leve resplandor que viene de algún lado que no logro ver, medio ilumina el lugar. Veo cosas, no es gente, son cosas, tampoco son animales, finalmente no creo que sean objetos, son como bestias, siluetas de seres que no existen en mi mundo real. Son ojos que caminan, ojos grandes o como lámparas inmensas pero que no están encendidas…es horrible (…pero a la vez es hermoso lo que me atrae…) todo. Tienen forma de raíz o de tentáculos que se juntan, pero van y vienen sobre la línea divisoria de la zanja. Camino lentamente hacia el fondo de algo que puede ser como una boca inmensa con dientes retorcidos…escucho nuevamente esos sonidos: auuuuuuuwwwwwwwzzzzzzz…
      Cuando intento razonar, todo se diluye y regreso al mundo real. La cara del psiquiatra parece como hecha de legumbres amarillas. Esa sesión fue demasiado larga. Me siento profundamente cansado y debo dormir a pierna suelta, pero a eso es a lo que le temo. Dormir ya no tiene para mí el significado que tiene la gente de ello. Finalmente me despido del psiquiatra y busco un restaurante pero a esa hora ya casi están cerrados. Deseo tomarme un café. Son las nueve de la noche y las luces de la ciudad me parecen como luces de bengala de tigres de metal. Todo luce desolado y eso me causa angustia. De nuevo estoy llorando en medio de la vía pública, como un tonto. Estoy recordando todo, y escucho la voz con mucha intensidad, me están llamando desde esa otra dimensión a la que ya quizás me debo por entero.
Todo ocurrió como siempre. Al otro día acudí a mi trabajo. Debía cumplir con ciertas metas que exige la empresa, y cuando empezaba a registrar los datos, inmediatamente recibía los mensajes en mi cerebro. Alguien, presumo, intentaba comunicarse conmigo telepáticamente, es lo que consideraba después de todo, aunque ese término y sobre todo esa sensación que me transmitía, me pareció que pertenecía a un orden de fantasía que permitía la burla de los científicos serios, que si los hay por supuesto, y de la gente religiosa que cree que la voz de Dios puede hablar al corazón de los humanos y  a la mente para guiarlos por la “senda del bien”, no obstante esta voz – auuuuuwwwwwwiiiiiiiiizzzzzzz…no creo que venga del Todopoderoso…y esto también me incomoda. Ya no es solo al atardecer, en esa hora sublime a la que llamamos “ocaso” que es cuando la luna emerge lentamente de entre las colinas y el sol huye hacia el fondo de las penumbras, en ese continuo giro de la tierra, no, ya la empiezo a escuchar a todas horas, como llamándome, como implorándome algo, que la escuche, que la comprenda…y yo intento hacerlo, me detengo, escucho las palabras en mi mente, pero no entiendo nada, solo siento el impulso de algo que toca mis sentidos y me hace sentir triste, muy triste…luego pasa todo y  puedo, finalmente, entregarme del todo al trabajo.
Así he vivido durante estos últimos tres años, confieso al psiquiatra. El hace las preguntas de rigor, y yo las contesto como si estuviera haciendo un test. Pero todo me parece tan familiar que ya puedo separar lo uno de lo otro. La realidad que vivo in situ, con mi vida, mi compañera y mis hijos, el trabajo, y las actividades rutinarias de siempre, y lo que veo y siento en esa otra proyección de mi “yo” que intento interpretar ahora…y que se hace un nudo en alguna parte de mi ser, un nudo de ahorcado que no logro desatar.
Regreso a la tempestad de ese sueño misterioso. Camino sobre los rieles de un tren amarillo. Corro a lo largo de un campo de árboles frutales y espigas o palmas de soya o sorgo, dice el psiquiatra, de acuerdo a mi descripción. Vivo ese momento como si se tratara de una realidad en cuerpo presente. Escucho la voz: auuuuuwwwwwwwiiiizzzzzzzzz…que me acaricia los oídos. El escenario es mucho más claro ahora, antes, al entrar, todo era oscuro, ahora, inmediatamente cierro los ojos, empiezo a desandar por esos campos extraños. No es un delirio, es una experiencia onírica, le oí decir al médico. Tampoco es real, es un estado mental- yo no lo veo así. Para mí no es un estado mental, es un encuentro con otro mundo, alucinado, iluminado, sensorial. Me abstengo de opinar, ya no me importa lo que piense el psiquiatra o cualquier otra persona, me importa mi vivencia. Sigo a través de los rieles, el tren se aleja, ahora usurpo un prado de hierba o flores de colores, por sobre sendas amplias, arribo a una explanada y en el fondo se ve una especie de choza levantada con madera y hojas secas. Estoy cansado, y lo que más me asombra es que desde esa otra dimensión recuerdo la fábrica de hilo y los compañeros de trabajo. Recuerdo todo como si se tratara de un sueño melancólico. Mis dos hijos, eso me impacienta, me abruma. Todo lo percibo como otra existencia, la real, digo ahora, aunque la real para mi es la choza, el árbol que le da sombra y el campo de flores que si vislumbra al fondo. Por otro lado me repugnan los personajes que vi en la trinchera, esos seres aterradores que no tienen alguna forma conocida, esos ojos grandes con patas o ruedas o no sé que se persiguen entre si…(creo que no tengo conciencia geométrica) y que proyectan una imagen de octaedros o pentaedros, o estrellas de puntas largas con ojos por todos lados, como los ángeles del Apocalipsis…De pronto me veo dentro de un mundo primitivo. Hombres y mujeres con guayucos. Hablan entre ellos, no me han visto. El corazón se me quiere salir, salta como un pez en un acuario muy pequeño. Es el Gran Alpha, la Llama Rosa, el Verbo del Principio, el encuentro con mis orígenes, creo. Mis ojos brillan en medio de la espesura, advierto. De pronto veo en lo alto de una loma una especie de carroza hecha toda de madera. Veo la rueda -ya inventaron la rueda, y también las armas- pero aún no han podido crear un tipo de ropa para el invierno, porque ya se acerca, según lo veo en la atmósfera que transmite la montaña del fondo. No sé si ya no existen los dromedarios o las aves del paleolítico. Los observo, él la acaricia, ella posa su cabeza en su pecho. Es una escena muy romántica, pero aún así, se ven nerviosos. No sé si es que no me ven o es que no han mirado hacia donde me encuentro. Sigo en la encrucijada de mi destino, y esto me lleva a hacerme una pregunta obligada: ¿esto le pasa a todo el mundo o es a mí, únicamente?El psiquiatra me mira asombrado. No se trata de una confesión cualquiera, dice. He regresado, he venido, he sobrevivido al efecto de ese inframundo. No soy un fantasma ni un espectro, soy solo esto, un hombre que quiere saber cómo escaparse de esa dimensión. Sin embargo parezco un fantasma, un espectro, un paciente que sufre de…¿soy un paranoico? Le pregunto al médico. Me despido de pronto. No quiero saber más nada de eso, solo quiero continuar con mi vida…solo eso.
Camino a lo largo de una avenida. Los árboles se van quedando desnudos de hojas y un viento recio los despoja de todo. Ya casi se acerca el otoño y el sol se cuela entre las nubes, aunque sigue haciendo frío. Está a punto de llover pero es como para despedirse de otra estación. El universo parece complicado. El aire me da en la cara con sus filamentos de astillas de las hojas. Sigo calle abajo sin detenerme, pero el corazón empieza a trotar y al instante se me empoza el agua en los ojos. Inmediatamente busco los lentes negros y me los coloco. Las lágrimas corren como pequeños riachuelos rojos que quieren o necesitan saltarse de sus órbitas. Al fin llego a casa. Mi compañera me recibe con un vaso entre las manos, es un líquido rojo, parece sangre. Esto me causa cierto horror y paso hacia la habitación. ¡Es solo un jugo de tomate! – grita desde la sala…pero yo ya no quiero tomar nada.
Desde ese entonces, creo, la voz se hizo mucho más clara, empecé a entenderla. Poco a poco fui decodificando las sílabas y los sonidos, aunque influyó mucho la intuición, y a lo mejor la nostalgia o el acento con que se expresaba, pero también porque quien se estaba comunicando conmigo había aprendido el español, y esto facilitaba más la relación con un ser del más allá. Pronto supe que todo era cierto pero que no era tan fácil de explicar. Así se lo comuniqué al psiquiatra, quien, para esta fecha, ya había grabado muchas cosas y las tenía almacenadas en pendrives y cds…y por supuesto en la computadora. De todo lo expuesto hasta ahora surge la incógnita, la que atañe a ese fenómeno del sueño, a ese regreso del “Gran Alpha” (así lo bauticé), al principio, al origen, a la creación de la rueda y al descubrimiento del fuego, al guayuco de fibra natural y los seres romboides o con forma de pentaedros como las estrellas de cinco puntas…sin los triángulos inconexos o invertidos de seis puntas.
Sospecho que el psiquiatra, al igual que mi compañera, no cree del todo la versión. Yo sostengo mi tesis, además de la amargura de cargar con este peso de contradicciones. El enigma sigue siendo el enigma. En esa atmósfera luciferina y cartesiana, de alguna manera, he empezado a tocar otros territorios mucho más peligrosos. Desanduve, entonces, esos parajes, en terribles pesadillas de las que al despertar me sentía agotado, pálido y  visualmente demacrado, como si hubiera estado bebiendo hasta la madrugada. Ese rostro mío parecía el de un cadáver, esto, por supuesto, influyó en el equilibrio que había mantenido entre mi trabajo y mi hogar. Ese rostro mío empezaba a adquirir una forma casi primitiva. Me dejé crecer la barba y para mi asombro me di cuenta que me parecía al hombre que aparecía en esa escena del sueño, junto a esa mujer de apariencia silvestre. Pero lo que más me impresionaba es que sentí muy cercanos o demasiado, familiares, los sonidos de la voz dentro de mi cabeza, a la que presentía haber trasladado al espacio que me rodeaba. Era como si la oyera en el aire, y de igual manera algunos de los otros ruidos que eran parte de las pesadillas. Por ello vibraba en mí el deseo constante de dormir para entrar a esa otra dimensión y descubrir, al fin, que había detrás de todo eso. Lo que más me preocupaba era mi situación emocional, algo que no cuadraba del todo en mi era esa especie de angustia que me perseguía de manera obsesiva. Confieso no entender nada de mi psiquis, de ese cuadro de angustia severo que ha diagnosticado el psiquiatra. En todo caso me he armado de valor sin embargo mi compañera dice que debo chequearme la tiroides. Yo poco sé de eso, no obstante me preocupa ese río desbordado constantemente en mis ojos, esas ganas de llorar que no se me quitan por nada.
Cuántas veces he salido corriendo del trabajo pensando en dormir. Dormir por millones de años en esa cama del sótano a donde me he confinado en estos últimos meses, aludiendo a que no puedo dormir con nadie porque ronco demasiado, grito, gimo, y hasta aúllo. Cuando entro, advierto un placer que no había experimentado jamás…es mágico, demente, y hasta inverosímil. Mucho más placentero que hacer el amor con alguien a quien se ame de verdad. Ese encanto magistral lleva impresa la marca de un sello que se abre como una llave y que me eleva al más alto de los estados mentales y espirituales de los que haya gozado el ser humano. Verlo todo desde otra dimensión es un delirio genuino que impregna mis sentidos de satisfacción. Así lo percibí al principio, pero luego todo se fue transformando en un ritual satánico, por así decirlo, que se fue apoderando de mi mente, de mi voluntad. Ya me debía a esa voz. Ya me controlaban desde otra parte, con ímpetu, con fuerza, con ansiedad. Ya todo era como un vicio, como consumir cocaína o cualquier otra droga psicotrópica. Alucinaba, alucinaba como un idiota. Me veía ahí, junto al árbol y ante esa choza maldita, con ese otro ser parecido a mí, con esa mujer desconocida a la que la voz llamaba Lilith. Ante esos seres maquiavélicos, deformes, espeluznantes. Mi ser se debatía en una horrible angustia que me laceraba profundamente. Lloraba, pero no por cobardía, sino por impotencia. Mi alma estaba herida. Lo sabía. ¿Podría salvarme de esto finalmente? ¿Saldría ileso de esta pesadilla? ¿Volvería a ser el mismo? ¿Creería nuevamente en la vida terrenal?
El médico sigue con sus estudios. Cita a Freud. Dice que me enfrento a un monstruo de la mente que yo mismo he creado. Le digo que no, que yo jamás pude haber creado ese fantasma, y no solo ese fantasma, repito, sino esa atmósfera de los sentidos a donde soy arrojado al dormir, sin que yo lo pueda evitar. Le grito que he perdido el control de mi mismo, que ellos, esos seres de muchas voces y ánimas me dominan, que no es un estado mental sino una posesión de un mundo que habita mi yo interno. Prefiero el insomnio a esto, le digo, aunque ambas cosas son igual de malignas para el cuerpo humano. El psiquiatra no sabe qué decir, o qué hacer, y se le ocurre hacerme una Regresión. Lo pensaré, le respondo, y salgo espavorido de su presencia.
Ese día me despidieron del trabajo. No daba la talla, dijo el gerente. Mis registros de producción habían bajado considerablemente. ¿Qué haría ahora? ¿Dormiría todo el día para entrar al territorio del Gran Alpha?
En efecto empecé a dormir demasiado. Poco me alimentaba, lo necesario, creo. Me aislé de todo el mundo. Me entregué al vicio de dormir. Dormir millones de años y despertar algún día junto a otra gente, en otro universo, en otra dimensión. Pero no debía ser así. Mi compañera no sabía qué hacer, ni mis hijos. Parecía que me había quedado dormido para siempre. Lo extraño es que los veía allí, en ambos lados de la cama. Finalmente, y después de ciertas deliberaciones, llamaron al psiquiatra y este ordenó que me sacaran, con urgencia, al hospital. Lo vi todo, pero no podía hacer nada. Estaba como entre una nube. Flotaba en el aire denso de esa mañana de agosto. Me veía allí, en esa dependencia médica, en esa cama de metal, con sondas y cables a mi alrededor, con agujas en mis brazos, con suero, sangre, y analgésicos aunque no me dolía nada.
Regresé al paraje de los rieles. El monte sobresalía. El sol empezaba a bañar los campos de luz. Se veía descuidado, hacía mucho que no había sido transitado por el tren, creo. Subí hacia las montañas y vi un letrero borroso al final de un terraplén, que decía algo así como “Argelia” aunque luego observé con detenimiento otro que daba a “Samotracia”  o “Noruega” y que imaginé infinito. Divisé a lo largo de las extensiones de sabana, un campamento donde se libraba una especie de debate entre esos seres romboides. Aros de luz emergían sobre el suelo mártir de ese territorio. Digo mártir porque al descender esos círculos luminosos herían los árboles y la tierra negra de ese sector. Caminé un poco más abajo y al ver, con mucha más claridad el escenario, comprendí todo. Se trataba de una invasión de extraterrestres sobre esa población que vivía todavía en el paleolítico. Desde allí dirigían una vaguada o algo así, con sus impresionantes cargas de electricidad que exhibían al comunicarse entre ellos. Tuve miedo, sin embargo continué allí. Esos seres espaciales empezaron a gramar o a emitir aullidos como bestias, y al instante oí sus voces en mi mente, me hablaban ahora con palabras comprensibles…
El tren amarillo parecía volar por entre una jungla de bestias esferoides. Nadie lo conducía al parecer. Descendí de la montaña y eché a correr por una siembra de zanahorias. Lloraba como un idiota pero trataba de llegar a la choza. Y cuando arribé a la huerta de hortalizas, más allá de una explanada, encontré a la pareja. Trataban de huir de algo, de los seres romboides, intuyo. Ella me miró fijo a los ojos y advertí un dejo de ternura hacia mí. Él me dirigió unas palabras que no logré entender: auuuuuwwwwwiiiiiiiizzzzzzzzz… volteé luego y ya habían desaparecido del valle, perdiéndose entre la espesura de un bosque. No sabía qué hacer, adonde correr, cómo regresar, cómo salvarme de ese abismo…
Una ola de explosiones me rodearon. Sin duda alguna se libraba una batalla en ese lugar y yo solo era un espectador de algo que se cernía sobre la tierra. Lilith, decía un letrero en la entrada de un camino de piedra. Seguí la línea de señales que conducían hacia una casa que parecía haber sido construida en otra época a la de la pareja anterior. Entré, pero estaba vacía. Las paredes tenían rastros de sangre y cabello de mujer, reseco, disperso en el piso. Un espejo repetía mi rostro que lucía espectral. Busqué la puerta del fondo y advertí los cuerpos de animales, todos desgarrados por el cuello. Regresé a la entrada y me marché. Deambulé por espacios lúgubres y desolados. Extrañamente deprimidos por la barbarie de garras asesinas. Volví al camino y busqué la trinchera por donde había entrado a ese paraje. A lo largo de la senda vi los cuerpos de personas y animales en descomposición. Un olor fétido flotaba en el poco aire de esos bosques condenados a desaparecer, porque al instante advertí las llamas que se levantaban por encima de los árboles. Cuando logré salir a la vía principal de los rieles, me encontré de frente con las aspas del tren, ahora repleto de gente. Las llamas le cubrían pero este se elevaba sobre ellas y seguía con fuerza perdiéndose entre el humo y la calina de ese atardecer que empezaba a cerrarse. Busqué la gruta hacia la trinchera. Pasé por la choza y el campo de flores. Pero el sitio había sido tomado por esos seres babosos y llenos de espinas, que merodeaban todos los portales de esta pesadilla inútil. La bruma de una especie de pólvora empezó a ahogarme. La voz rechinaba en mis sentidos, ahora mucho más clara, mucho más compresible. “Eso está sucediendo ahora en Argelia, pronto vendremos por ustedes” así más o menos decía. Miré hacia abajo, porque al momento caí en cuenta de que estaba pisando un suelo falso…descendí por una especie de tubo luminoso y me vi tratando de soportar la respiración. Me estaba ahogando en la sala de cuidados intensivos. Debía regresar, salir de allí, salvarme, decir lo que veo, lo que todavía vivo en esta dimensión, y lo que va a pasar, pero la respiración me anega…me está apretando el cuello, me está asfixiando…los hilos de la fábrica empiezan a romperse, a enredarse, a dispersarse. Los hilos también son extraños, esos malditos hilos de todos colores como el bosque de flores se vienen sobre mi cuerpo, me amarran a las máquinas, me ahorcan en sus tubos, me enredan en sus mallas. Las secretarias y los obreros tratan de salvarme de la ira de sus malignos motores criminales, pero ya es tarde, dice el psiquiatra desde su cómodo sillón de psiquiatra…
Mi compañera dice algo, y no le entiendo…pero creo que, y lo afirmo con certeza, que todavía puedo salvarme…          
  




           



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