martes, 24 de septiembre de 2013

A PESAR DE LA NIEBLA

Cuando entramos a Villarrosario, mi esposa y yo, los letreros inmensos promocionando posadas, nuevos restaurantes u hoteles, acapararon inmediatamente nuestra atención y la de los turistas, tanto que nos detuvimos para hacer las debidas comparaciones de precio y de confort de acuerdo a las ofertas evidentes en las pancartas. Las montañas alrededor tupidas de bosquecillos con pinos silvestres y árboles de araguaney, cedros y apamates con sus alfombras  rosadas, caminos bordeados de piedras triangulares, como cortadas por una sierra mágica, blancas y negras a la vez, le daban ese aspecto de bonanza que se requería para pensar en unas felices vacaciones de descanso, lectura, y reencuentro con el calor de los sueños de pareja, los besos, los abrazos, las caricias, la melancolía de las palabras que atraviesan el corazón y despiertan viejos recuerdos.  Las casas con sus aleros de teja, las pequeñas torrecitas que lanzaban bocanadas de humo ceniciento con aroma a café o a pan recién horneado, y el patio de mármol en medio de un jardín de variadísimos colores de rosas y otras flores, las calles angostas y limpias le daban la bienvenida  a los visitantes ofreciéndoles un aspecto de cuidado, de esmero y anegación por parte de los alcaldes o autoridades que lo regentaban.
Estar allí, en sus plazas, en sus museos y bibliotecas, era como si nos hubiésemos escapado de un cuento de Oscar Wilde. Sin embargo, cuando paseamos por las caballerizas, al final de la última vereda, y ante la colosal montaña de cerros puntiagudos, tapiados de piedras y monte y a menudo cubiertos por una espesa niebla que de vez en cuando se disipa pero que, por lo general, está ahí como un fantasma impertinente, que no deja ver más allá que la espesura, no dejamos de sorprendernos por lo curioso del fenómeno. Pero lo que más nos impresionó fue el letrero de “Prohibido el Paso” que se encuentra en uno de los bordes de un aprisco, que se tiñe de blanco desde el principio a causa de la nieve y que está atravesado por un andamio de madera, tupido de cruces y velones de diferentes colores, inmersas en pequeñísimas iglesias, con sus lápidas de fondo y sus inscripciones grotescas, en donde le desean una mejor vida en el más allá. Es una puerta que tiene el infierno, dice la gente del pueblo de Villarrosario, y el que ha cruzado el umbral de niebla del epitafio hacia una muerte en llamas, no regresará jamás. Es un camino hacia la nada sin retorno…decía más abajo el letrero.
            Regresamos al hotel. Desde la ventana se veía la fronda dorada de un terraplén bordado de árboles pequeños que invitaban al paseo por los valles al anochecer, bajo la luna llena del verano. En invierno las cosas son distintas, el camino por las trochas ofrece un panorama tenso, de gente que reniega de Dios y del gobierno, por los desagües peligrosos, las quebradas que se desbordan, y los caminos  repletos de barro. Nuestras vacaciones las habíamos planificado para el verano, y aunque en un principio pensamos en la playa, luego, y no sabemos aún por qué, se nos ocurrió un pueblo alejado, sumido en las cordilleras andinas de Los Andes…y así lo hicimos.
            Esa noche me miré en el espejo. El color de la piel se había tornado débilmente rosada, casi, roja. El sol se había encargado de curtirlo. Mi esposa conservaba su color de piel natural. Blanca, ojos azules,  joven,  alta, espigada decía mi madre, atlética, son las cualidades con las que podría describir a mi compañera. Ella se cuidaba mucho, con crema y hierbas especiales, y grandes sombreros artesanales con alas hacia los lados, y lentes negros. Ambos vegetarianos, lectores y amantes de la doce vita, decía en su acento italiano mal pronunciado para una antropóloga de su talla. Casandra, su nombre, me recuerda algún mito legendario de los griegos o los romanos. La miro directo a sus ojos y no puedo evitar mi preocupación. Estoy débilmente desesperado. Nervioso en otras palabras, y no sé por qué.
            Nos acostamos. Esa noche soñé con estos instantes. Repetí las escenas, los ajetreos del viaje, la presura por salir, los detalles técnicos y mecánicos relacionados con el auto. Devolvía las imágenes del día, el restaurante, los vinos de la tarde, las conversaciones, como si se tratara de las últimas escenas de mi vida, o de la vida de ambos. La vi sonreír, mirarme con ojos de amor, tomarme las manos, hablarme al oído, en susurros, la vi desnudarse y entregarme su cuerpo, la vi jadearse de placer, de emoción, de vida…y me vi aullando como un lobo desde la ventana del auto. Todo estaba ahí, todo seguía igual, pensé en lo recóndito de mi cerebro…y todo iba a ser siempre así, como lo soñamos desde el principio.
            En la madrugada me levanté. La oscuridad me escondía de los tenues rayos de luna que profanaban nuestra alcoba. Me vestí al instante, como un autómata, y salí. Caminé a lo largo de las veredas, solo, con la curiosidad de acercarme al letrero prohibido. El vaho de niebla casi no me dejaba ver el camino que conducía al aprisco.  Quería traspasar el umbral y así lo hice. Oí, de pronto, la voz de Casandra, desde el otro lado de la calle, llamándome con angustia. Se había cambiado también y me había seguido con su linterna y su traje de campaña de la universidad donde trabajaba. Me gritaba cosas que no entendía y que no quise entender. Seguí como un loco hacia el fondo, a pesar de la niebla.
Decidió seguirme. La tomé de la mano y empezamos a adentrarnos en la voluta de neblina. Con la luz de la  linterna nos guiábamos en los primeros tramos de espesa oscuridad. Caminábamos con cuidado a través de los caminos en descenso. Un poco después entramos en una gruta que semejaba la trompa de un rinoceronte, abierta. Dos horas de camino por senderos oscuros, en silencio, bajo los estertores de una música de viento que silbaba desde afuera, y que entraba por las ranuras de los árboles o de la tierra de los cerros cercanos. Se parecía a las tubas o los oboes en plena Marcellesa.
            De pronto empecé a sudar frío. Mientras más avanzábamos menos comprendíamos el por qué del letrero. Consideraba que si quisiéramos regresar no teníamos sino que devolvernos por el mismo sendero, pues hasta ahora no nos habíamos desviado hacia ninguna encrucijada o por otros caminos. Siempre nos habíamos conducido por el borde del aprisco aún cuando nos internamos en la gruta. Lo difícil de todo era la blonda de neblina que teníamos a dos o tres metros de distancia, sin embargo lo extraño es que no terminábamos de internarnos del todo en ella. Daba la sensación de que ella se desplazaba delante de nosotros pero manteniendo esa distancia. El tiempo no se percibía…miré el reloj de Casandra en su brazo derecho y me percaté, al instante, que las agujas no se habían movido. Casandra se sorprendió y quiso disimularlo pero no pudo. Un rojo intenso demudó su rostro para luego hacerlo débilmente pálido. En un acto de resignación intentó tranquilizarme:
            - Debió estropearse su máquina debido a la humedad- dijo en voz baja.
            No dije nada, estaba sumido en mis pensamientos. Recordé el pueblo de Villarrosario y no dejé de preocuparme por haber violado la norma. Mi compañera tampoco decía nada. Su paso firme me recordaba el de los atletas en momentos de entrenamiento. La vía lucía despoblada, no se oía nada, ni una bulla sospechosa de algo, de la gente que habla bajo mientras desayuna, pues ya tocábamos los primeros rayos de sol del amanecer. Pero la mañana no se abría en abanico de luz, creo que, por el contrario, las sombras se atenuaban. Y pese a ellas seguíamos el sendero. Un halo de misterio se columpiaba en los chamizos que sobresalían de la espesura, como ojos vivos que nos miraban desde el fondo de la oscuridad; se percibía a distancia la fuerza de un aire frío que penetraba los huesos. Casandra empezó a temblar.
El hambre también comenzó a hacer mella en el estómago. Un vacío insondable nos alejaba de la llamada “Civilización” y nos imbuía en una catacumba de horror con un desfile de seres que se habían perdido en esta selva de misterio. Mi compañera seguía a paso lento y cansado. Al instante la abracé. Temblaba. Oía el chasquido de su mandíbula. Yo también empecé a temblar sin control. Los juncos a los lados, un copo de frutas parecidas a las cerezas, pequeños árboles de un terraplén con hierba cortada, anunciaban la cercanía de un caserío, quizás. Pero a causa de la niebla no teníamos un horizonte visible. El hambre nos consumía lentamente.
Una hora después, creo, nos topamos con un árbol inmenso, de hojas secas y puntiagudas. Y al mirar hacia lo alto, en uno de los ramajes que se extendían en varias direcciones, vi, de soslayo, la figura tétrica de un espectro colgado, tal asombro hizo que mi cabeza girara hacia la imagen, en efecto, un esqueleto yacía allí, como un péndulo girando lentamente al ritmo de vaivén del viento. Casandra emitió un grito desgarrador. Nos acercamos, el hombre, presumíamos, tenía mucho tiempo allí. Se trataba de un ahorcado suicida, imagino. Ella dijo lo contrario: “Un colgado …un ahorcado en contra de su voluntad, un sentenciado…por algo, alguien, una turba, una secta…” y se deshizo en llanto.
            - ¿Por qué crees que sea un sentenciado? –pregunté con preocupación.
            - Por el tipo de material que rodea su cuello, no es un lazo, es fibra natural, de un bejuco procesado artesanalmente, nadie en su justo juicio se pondría a limpiarlo y cortarlo minuciosamente para luego tirárselo por la garganta; además de todo lo que implica levantarse o subirse en algo para lanzarse desde una distancia acorde al hecho de “suicidarse” si ese fuera el caso.
            - Si ese fuera el caso…tienes razón.
            Observamos con cuidado, ya un poco sosegados por la impresión del cadáver, y concluimos que realmente había sido colgado contra su voluntad. Esta situación permitió que decidiéramos regresar. Ya no podíamos soportar por algún tiempo el hambre, el frío, y la desesperación que nos causaba el muerto. Pero ante todo el miedo a terminar como el esqueleto. Lo observamos por última vez. Tenía un nido de pájaro, quien sabe de qué tipo, en los huecos donde deberían ir sus ojos. Estaba arropado de telaraña gris que parecía una túnica siniestra de monje. Partimos, pero al intentar abordar el camino de regreso, nos percatamos de que teníamos que escoger entre varios ramales distribuidos alrededor del árbol. Al instante caí  en cuenta que el sendero que debíamos tomar parecía haberse borrado, o la neblina lo había borrado. Dudamos sobre cual camino tomar, tratando por supuesto que éste estuviera cerca del aprisco. Pero el barranco tampoco podía verse, la niebla lo hacía todo insoportablemente denso. Una oscuridad maligna nos asediaba. Oí por primera vez el canto de un ave que me hacía estremecer. Cantaba o chillaba, mas el sonido que emitía parecía un berrido a veces. Debía salir de un pico inmenso, creo, porque un pajarito común no podría tener tanta fuerza en su garganta para prorrumpir en tan altas notas un chirrido así como el que ahora estábamos oyendo. En ese momento se escucharon otros chillidos, demasiado agudos para nuestros oídos, y muy largos, tanto que perecían sonidos continuos. Tomé de la mano a Casandra y la arrastré hacia un vendaval de palmas de regular estatura. Estábamos consternados. Los ojos de mi compañera rumiaban rabia y miedo a la vez.
            Dos horas de camino, la neblina delante de nosotros. Casandra tenía mucha hambre, se pasaba las manos por el estómago. Empezamos a ver una especie de hojas secas que se erigían como banderas en el filo de los árboles secos. Los ruidos de pájaros gigantes habían quedado atrás y ahora creíamos oír las aguas de un río caudaloso o un chorro que se desprendiese de alguna colina. En efecto, unos metros adelante el agua mojaba nuestras ropas en gotas suaves al principio, frescas, finas, pero al adentrarnos las gotas se abultaban y caían como punzadas transparentes que nos herían para luego saltar de la ropa. El agua era clara, se veían las piedras negras en el fondo, peces, truchas y cangrejos de clima frío, el ruido era espantoso, como de muchas aguas que se arremolinaban en alguna parte pero que a la vez se percibían lejanas todavía. No podíamos hablar porque no nos comprendíamos aun cuando gritáramos a todo pulmón. Casandra me miraba con resignación, con los ojos muertos, como si una oscuridad misteriosa se hubiera metido entre sus retinas y le hubieran robado la luz, las manos blancas, demasiado blancas y las uñas desteñidas, sin brillo ni pintura, el cabello alborotado…pobre de mi compañera, en ese momento creía que había envejecido una eternidad, que los años se le venían encima, que la sonrisa de otros tiempos se borraba, que la juventud se iba entre la espuma sedosa de la niebla, tanto así que empezaba a encorvarse, a caminar con cierta cojera en alguna de sus piernas, que se desvanecía en la blancura de un manantial límpido y frío. Lloré al verla así, pero creo que ella también me veía igual porque empezó a llorar al instante. Atravesamos el riachuelo y subimos una cuesta. Obviamente ya no teníamos esperanzas de regresar. Habíamos perdido el rumbo y ya nada nos detenía. Teníamos que llegar a alguna parte. Y al fin arribamos a un trecho de tierra que se veía abonada, con cercas de madera alrededor. Necesitábamos alimento y agua, pues no quisimos tomar agua del manantial porque un fuerte olor a azufre se esparcía alrededor.
La oscuridad persiste. La niebla sigue adelante, no entramos en ella, mejor así, si estuviéramos dentro de ella tal vez no sabríamos adonde ir, ya nos hubiésemos ido por alguna falda de montaña. Creo que hemos tratado de dominar el impulso de angustia que nos invade a cada rato. Hemos soportado, sí, pero no sabemos hasta cuándo podremos soportar la desesperación, retener la zozobra. Es horrible caminar así, sin ver, sin oír ruido de personas, de la gente que habla, que cuenta sus cosas, la voz de los borrachos en la cantina, en el restaurante, en las calles, la voz de la mujer que grita en una esquina llamando a sus hijos…extrañamos todo eso, incluso el ruido de las bocinas de los autos. Esta soledad es peor que cualquier enfermedad. O es una enfermedad insufrible. Ya no sabemos qué hacer. De pronto atravesamos un andamio de pared de piedra, por una puerta pequeñita que conducía hacia un pasillo también de piedra. No era una construcción normal, no, era una ruina de algo así como un castillo surcado de aguas verdosas, empantanadas, con matas de charco y pilares de rocas amarillas cortados a destajo, como si hubiesen sido amputados por una sierra inmensa. Todo eso lo veíamos inmediatamente pasábamos porque la neblina persistía adelante, por ello no veíamos nada a lo lejos, no teníamos un horizonte de nada para, siquiera, tener idea de la dimensión del sitio donde nos encontrábamos. Cuando ya no pudimos caminar más, nos sentamos contra una pared de cuadros de madera pegados entre sí, con jeroglíficos en el centro, letras de un abecedario ancestral y desconocido para nosotros. Lentamente nos fuimos quedando dormidos, ambos entrelazados nuestros cuerpos. Apoyados entre sí, toqué sus labios y estaban fríos, y ella me tocó en varias partes, me abrazó, intentó besarme pero su cuerpo ya no respondía, y se fue hundiendo en mi regazo totalmente desvanecida. Yo no pude hacer nada, me sentí mareado y me recosté sobre el muro, desvanecido también.
            Amaneció, creo yo. Al abrir los ojos advertimos la situación en la que estábamos. Unos gruesos barrotes se alzaban al frente y el cuartico a donde nos había llevado era pequeño. Sin duda alguna éramos rehenes de alguien o de una comunidad. En unas mesas de madera teníamos que comer: una especie de bollos de harina de maíz con una crema blanca por encima. Comimos, el estómago nos reclamaba comida con retorcijones fuertes y gemidos viscerales. También advertimos un mural en grabado sobre la pared del costado de las rejas. Una pintura rupestre, dijo mi compañera, de hace de cientos de años que respiraban nuestro tiempo en la memoria de sus rasgos y texturas borrosas. Se apreciaba en trazos finos, símbolos que representaban la tierra, el agua y el fuego en tres planos distintos.
En efecto se percibía un universo dividido en tres secciones fragmentadas por una cuerda nacarada. En el primero aparecían el sol, la luna, las estrellas, astros, y un poco más abajo los relámpagos, los truenos, los rayos, en fin. En el segundo los animales, las plantas y los seres humanos, y en el tercero los muertos, los fantasmas, los escabezados, los mutilados, los heridos, los hinchados, los enfermos, todos con aspecto de zombis, como en las películas de… George A. Romero.
            Pero lo que más nos llamó la atención fue ver figuras de ahorcados a lo largo de la pared, todos en fila. El nombre Intip churín, aparecía también en todos lados. Casandra recordó inmediatamente, como buena antropóloga que había sido, el mito de los incas. Sin embargo no dejaba de sorprenderle los demás símbolos que acompañaban al mensaje del universo, sus planos y los dioses que componían el elenco divino, así como tampoco entendía  los conductos naturales que se abrían desde el interior al exterior, conductos por los que brotaban las aguas de la tierra, cuevas, grietas y volcanes, pacarinas, que eran las vías primitivas de acceso por las que llegaron los seres que dieron comienzo a la humanidad; los gérmenes que hicieron nacer los animales, y las semillas que dieron vida a todas las plantas que crecen sobre el mundo de aquí.  Todo eso era confuso para ella porque esas vías de entrada se veía, a la vez, decorada por seres extraños con cara de demonios, al lado de toros inmensos. Siluetas de toros llenaban la galería. Tuvo la necesidad de echar a volar la imaginación o de invocar, desde la memoria, algún mito de los alemanes, relacionado con los seres hiperbóreos, los rubios del espacio, los hombres azules, príncipes de lejanas galaxias. Pensando en esto, dijo, no sería raro que ese territorio estuviera ocupado por una comunidad de seres de otros planetas.


Pasó el tiempo. Comimos y dormimos. Lo que no sabíamos era cómo hacer necesidades. Casandra tenía muchas ganas de orinar y no se imaginaba haciéndolo allí, o de evacuar. Entonces empezamos a llamar a alguien. A gritar hacia los cuatro costados por donde había ranuras. Nuestras voces regresaban en ecos interminables. Nadie se acercaba, nadie respondía. ¿Estábamos solos en esa estructura en ruinas? Pero ¿quién nos había encerrado allí? ¿Quién nos daba comida y agua? Porque hasta una cafetera de barro, repleta de agua nos habían traído.            La neblina seguía allí, resguardándonos tal vez, siempre alrededor, nunca entre nosotros. Nos acordamos del celular, y tal como lo imaginé no tenía señal. No teníamos cómo comunicarnos con nadie y nadie con nosotros. De pronto escuchamos un ruido lejano, como un tropel de caballos en fuga. Sostuvimos la mirada en cierne, vivos los ojos, la mirada azul de Casandra parecía iluminar mi rostro. La boca abierta. Oímos pasos. Unos hacia un lado del pasillo y otros en nuestra dirección. Tal como lo imaginamos venían hacia nosotros. Hacían bulla. Y de pronto emergió de entre la neblina un ser deforme, con pies anchos y grandes, piernas muy delgadas y brazos esqueléticos, pelo y barba abundantes y mirada de odio. La nariz semejaba la trompa de un cochino. Nos habló en un idioma que no entendimos. Iba como camuflado pues el traje se parecía al color de las piedras de las paredes. Abrió la celda y nos empujó hacia el pasillo trasversal. Llevaba en el cuello un lazo e inmediatamente recordamos al ahorcado en el árbol de la entrada. Nos tomó por el antebrazo y nos arrastró con ímpetu. Nos miramos con desesperación y empezamos a forcejear pero el ese ser extraño tenía mucha más fuerza que nosotros. Ese desarrapado reía como un sicópata, era horrible su mirada. Detrás de nosotros se veía como una especie de carroza con gente igual o peor. Salimos a una especie de gruta secreta, pues la entrada estaba cubierta con palmeras secas y ramas de árboles chicos. De nuevo tuve la sensación de que me miraban desde los orificios de las paredes de rocas, entre las estepas de pipitas rojas y amarillas que decoraban la cueva. Al rato salimos a un camino de árboles gigantes, la neblina siempre delante de nosotros. Los harapientos, que no tenían aspecto de indígenas pero tampoco de parroquianos, sino de piratas o vikingos, pero sin el estilo anglosajón o al menos europeo, emitían como quejidos sordos para comunicarse entre ellos, y lo hacían incluso más a través de señas que de palabras. Entramos a una especie de templo. Los pilares a los lados le daban esa presencia de fastuosidad que debió tener en otros tiempos; sin embargo lucían abandonados. Un séquito de menesterosos nos separó, a ella la enviaron a una especie de silla de mármol, y a mí me lanzaron el lazo por el cuello. El “Reino de Aldebarán” decía en un dintel al pasar un cortinaje que se extendía a lo largo del claustro. Detrás de los pordioseros con cara de cerdo, se erigía una corte de hombres y mujeres blancos y blancas, rubios y rubias, altos y altas, de ojos azules. Recordé inmediatamente la explicación que me diera Casandra antes de comer, allá en la celda. Me había dicho que esta organización secreta, secta o cultura milenaria creía ciegamente en el continente “hiperbóreo” que, presumían sus miembros, habría estado situado en el Mar del Norte y habría desaparecido en las aguas con ocasión de una era glacial y que sus habitantes habían venido hacía mucho tiempo del sistema solar de Aldebarán, que es el astro principal de la constelación de Tauro, y que medían cerca de cuatro metros de alto, tenían la piel blanca y eran rubios con los ojos azules. No conocían las guerras y eran vegetarianos. Estaba claro, Casandra, presumían ellos, era parte de esa comunidad espacial, por ello la comida fue así, y por ello también el sitio estaba tatuado de caras y siluetas de toros por todos lados. Y para reconfirmar todo lo que había pensado, Casandra fue recibida como una reina en el Reino. Fue aplaudida y coronada por un ser impecable, un hombre alto, rubio, de ojos azules, quien se dirigió a ella en una lengua desconocida para mí, y que no era el alemán. Traté de zafarme del hombrecito con aspecto de mendigo pero no pude. Intenté correr hacia un pasillo pero en el acto constaté que estaba custodiado. Que muchos de ellos cuidaban las salidas del monasterio. Tuve que resignarme. Tiempo después fui llevado a un chiquero que estaba repleto de hojas de maíz. La corriente de aire que corría a lo largo del paraje era frío, y olía a azufre. Las aguas estaban contaminadas allí, porque al final corría un hilo de agua pútrida, y los árboles yacían heridos, su corteza estaba marcada como por cortes de hacha y quemados los bordes. Tuve miedo por primera vez, mucho más miedo que el que sentí cuando vi al esqueleto en el árbol. Además sentía una terrible angustia, un dolor de pecho, de corazón, y unas horribles ganas de llorar, al recordar la mirada azul de Casandra. Su sonrisa, sus gestos, y luego su tristeza, su rostro envejecido por la angustia.
Llegó la noche y con ella los ruidos lejanos de pájaros inmensos. La luna se levantó en lo alto, por sobre el templo de Aldebarán, sobre las colinas y las copas de los árboles, por primera vez la neblina se despejaba. Esto permitió que viese mejor el lugar. Y así fue: la tierra era roja y cenagosa, amparada por el  furtivo techo de hojas secas que la cubrían, el piso estaba lleno de tuzas y de pelambre de  mazorca, y las cercas tenían enredaderas de matas parásitas, tupidas hasta los bordes, los grillos y las ranas cantaban, y en el fondo del charco, iluminado por el tenue rayo de luna que se filtra por entre las nubes, pueden verse las calaveras de los desarrapados que parecieran reír ante la muerte. Los esclavos de Aldebarán, los humillados por los astros, los invadidos por el cielo que al desobedecer una orden eran lanzados al fuego, al pantano o a la horca. ¿Qué destino me deparaba ahora? Las culebras subían por las paredes del edificio de piedra, una bandada de pájaros acechó al grupo de custodios de los pilares, con sus graznidos terroríficos, y el trote de toros negros, babosos, pasó a lo largo de los caminos, por ambos lados del corral. Yo estaba amarrado a una de las esquinas de las cercas. De pronto vi a Casandra que corría a lo largo del sendero, la cubrían dos hombres de la protección del templo, percibí que la cuidaban, no la perseguían para matarla, eso me tranquilizó. El paladar me supo a sangre y sin embargo pude emitir un grito que apaciguó por un instante el canto de los grillos y las ranas. El bramido de los toros se oyó, de pronto, en todo el sector. Ella me escuchó. Se acercó corriendo y desenredó las amarras, los custodios nos ayudaron a huir. En pocos minutos nos hallábamos lejos de ese sitio. La noche se cerró en vilo y la neblina nos cubrió al instante. Las manos me temblaban. Casandra me las tomó y empezó a movérmelas para despertar calor, pues el frío empezaba a entiesarme los huesos. Seguimos camino abajo o a arriba, ya no sabíamos cuándo era lo uno y cuándo era lo otro. No teníamos idea de dónde nos encontrábamos, dónde estábamos exactamente, en qué inhóspito lugar de la selva del Los Andes nos hallábamos. En qué parte del corazón de los incas se había instaurado ese reino hiperbóreo, sin rastro para la etnología o la antropología actual. En qué coordenadas geográficas se erguía esa civilización que buscaba entronarse en ese legendario pedazo de suelo andino, entre montañas y caudales de agua benigna, límpida, pura, que corrían a lo ancho de la fronda de jungla de ese paraíso perdido para siempre, e invadido por seres de otros mundos, de otras galaxias, de otros universos…pero saldríamos de allí, regresaríamos a Villarrosario, contaríamos al mundo sobre ese eslabón de la Antártida, sobre ese Dorado repleto de oro y piedras preciosas, que otras civilizaciones necesitaban para sobrevivir a la furia de las invasiones extraterrestres, volveríamos sí, a pesar de la niebla.











jueves, 12 de septiembre de 2013




TODAVÍA PUEDO SALVARME
 Manuel Rojas

No somos infalibles, ya lo sabemos, pero cuánto quisiéramos alejar de nuestras mentes la idea de que nos vamos a morir  algún día. Que este sol que vemos ahora ya no lo volveremos a ver, o esta luna mágica, hermosa, cual naranja encendida en medio de la noche, no disfrutaremos nunca más. Eso también ya lo sabemos.
    Esa noche me acosté muy temprano. Así fue como empecé a notarlo. Desde hacía ya algún tiempo había venido acostándome cada día más temprano. No lo hacía por cansancio, no; en ocasiones tal vez, pero era otra cosa, algo extraño que aún no sé explicar. En el día trabajaba normalmente en la fábrica, como cualquier otra persona, aunque me desempeñaba como inspector de producción de una fábrica de hilo. Tenía a mi cargo mucha gente. Obreros rasos y dos secretarias: María Velandia y Carmen Colmenares, jóvenes aún y solteras. Muy eficientes, por cierto.
        En el día me entregaba con pasión al trabajo, sin reservas, pero al caer la tarde sentía el llamado de las sombras. Ante todo se trataba de un deseo, acaso misterioso, de vivir a tras luz, un nuevo sueño. Soñar se había convertido en un placer al principio, luego en una pesadilla de la que debo salvarme. Ahora lo recuerdo todo, incluso cada uno de los sueños que se fueron acumulando en mi mente como viejas fotografías en blanco y negro, y esa voz, esa maldita voz que me hablaba desde esa otra dimensión a la que estoy a punto de entrar de manera definitiva. O no sé si podré al fin salvarme del todo de ese espectro, de ese invento de mi creación, o de esa obsesión metafísica que trasciende mis sentidos y que al despertar, al sentirme vivo otra vez, doy gracias a Dios como un fanático de una secta religiosa.
Recuerdo vivamente algunas de esas pesadillas que al intentar describir, algo sobre humano me recorre el cuerpo de tal manera que siento ganas de llorar. Es espantoso todo y a la vez como imposible de relatar. Las imágenes no son de este mundo, ni nada de lo que hay allí, ni siquiera los seres que me hablan desde los universos remotos de una mente universal. El psiquiatra ha intentado por todos los medios hacerme hablar más de lo normal y no lo ha logrado, y aunque quiero decirlo todo no puedo, una fuerza muy poderosa se cierne en mi cabeza y me frena las palabras. Sin embargo en mi mente lo veo todo tan claro, como si viera una película…
Ah, se me ha olvidado decir que tengo una familia: esposa y dos hijos. Que ella es abogada y ellos estudiantes de arquitectura, el primero, y de ingeniería el segundo. Aunque esta información no tiene importancia para nada en esta confesión que trato de hacer -porque más allá de intentar contarles una historia real de mi vida, es una triste y sincera confesión de alguien que ya raya en la paranoia- es parte de la terapia a la que me ha sometido mi familia. 
Todo es confuso. Al acostarme, después del trajín de un día expuesto a las vicisitudes cotidianas de la vida real, empezaba a escuchar la voz. La escuchaba adentro, en la cabeza. Era una voz gruesa, espantosamente grave, pero muy suave, con cierta ternura. Y aunque no comprendía sus palabras, si a esos sonidos,  a veces onomatopéyicos, se le podían llamar palabras, las oía y obedecía, o en todo caso, mi cuerpo obedecía sin rebelarse, sin preguntar nada, sin contestar nada.  
       - awwwww sppppppppp…auuuuwwwwiiizzzzz- ahora mismo las escucho. Pero no están afuera, no proceden del pasillo o de las habitaciones, no están en el viento, no las percibo desde un parlante, o como parte una señal radial que entra con facilidad en el equipo receptor de frecuencias moduladas. No, las oigo como en la frente, o las sienes, adentro, adentro, infinitamente adentro…en los intersticios de la mente, de mi cerebro a punto de explotar cuando se repite y no cierro los ojos para entrar plácidamente a su mundo. 
Desde entonces vivo esta eterna apariencia de vida, estas dos verdades que se complementan en mí sin que haya una forma de comprender su origen. Alguien, en un momento, me dijo que ciertas personas, algunos cuerpos humanos, su naturaleza orgánica en todo caso, son sensibles a esos fenómenos y que con el tiempo se acostumbran a vivir una doble vida,  sin que eso se interprete como de carácter moral, es decir, no se trata de yuxtaponer dos categorías, si me permiten esta alegoría, entre el bien y el mal. Eso no está planteado en esta situación, eso no lo veo así, no lo siento así, lo que sí entiendo es que son dos mundos totalmente distintos. Sigo escuchando la voz: awwwwwwwwwsppppppppppp…auuuuuuuuuuuiiizzz
Cierro los ojos. Paso a paso trataré de explicar esta experiencia ante la curiosidad del psiquiatra y que él va a grabar para sus estudios preliminares sobre mi caso. De pronto me veo en una trinchera que se abre a lo largo de un campo desolado. Camino por ella. Presiento que debo bajar hasta el fondo y seguir la ruta que se abre ante mí, como una serpiente negra. Creo que estoy en un sitio donde se libra una guerra, pero no sé qué tipo de guerra. Todo es oscuro aquí, tan solo un leve resplandor que viene de algún lado que no logro ver, medio ilumina el lugar. Veo cosas, no es gente, son cosas, tampoco son animales, finalmente no creo que sean objetos, son como bestias, siluetas de seres que no existen en mi mundo real. Son ojos que caminan, ojos grandes o como lámparas inmensas pero que no están encendidas…es horrible (…pero a la vez es hermoso lo que me atrae…) todo. Tienen forma de raíz o de tentáculos que se juntan, pero van y vienen sobre la línea divisoria de la zanja. Camino lentamente hacia el fondo de algo que puede ser como una boca inmensa con dientes retorcidos…escucho nuevamente esos sonidos: auuuuuuuwwwwwwwzzzzzzz…
      Cuando intento razonar, todo se diluye y regreso al mundo real. La cara del psiquiatra parece como hecha de legumbres amarillas. Esa sesión fue demasiado larga. Me siento profundamente cansado y debo dormir a pierna suelta, pero a eso es a lo que le temo. Dormir ya no tiene para mí el significado que tiene la gente de ello. Finalmente me despido del psiquiatra y busco un restaurante pero a esa hora ya casi están cerrados. Deseo tomarme un café. Son las nueve de la noche y las luces de la ciudad me parecen como luces de bengala de tigres de metal. Todo luce desolado y eso me causa angustia. De nuevo estoy llorando en medio de la vía pública, como un tonto. Estoy recordando todo, y escucho la voz con mucha intensidad, me están llamando desde esa otra dimensión a la que ya quizás me debo por entero.
Todo ocurrió como siempre. Al otro día acudí a mi trabajo. Debía cumplir con ciertas metas que exige la empresa, y cuando empezaba a registrar los datos, inmediatamente recibía los mensajes en mi cerebro. Alguien, presumo, intentaba comunicarse conmigo telepáticamente, es lo que consideraba después de todo, aunque ese término y sobre todo esa sensación que me transmitía, me pareció que pertenecía a un orden de fantasía que permitía la burla de los científicos serios, que si los hay por supuesto, y de la gente religiosa que cree que la voz de Dios puede hablar al corazón de los humanos y  a la mente para guiarlos por la “senda del bien”, no obstante esta voz – auuuuuwwwwwwiiiiiiiiizzzzzzz…no creo que venga del Todopoderoso…y esto también me incomoda. Ya no es solo al atardecer, en esa hora sublime a la que llamamos “ocaso” que es cuando la luna emerge lentamente de entre las colinas y el sol huye hacia el fondo de las penumbras, en ese continuo giro de la tierra, no, ya la empiezo a escuchar a todas horas, como llamándome, como implorándome algo, que la escuche, que la comprenda…y yo intento hacerlo, me detengo, escucho las palabras en mi mente, pero no entiendo nada, solo siento el impulso de algo que toca mis sentidos y me hace sentir triste, muy triste…luego pasa todo y  puedo, finalmente, entregarme del todo al trabajo.
Así he vivido durante estos últimos tres años, confieso al psiquiatra. El hace las preguntas de rigor, y yo las contesto como si estuviera haciendo un test. Pero todo me parece tan familiar que ya puedo separar lo uno de lo otro. La realidad que vivo in situ, con mi vida, mi compañera y mis hijos, el trabajo, y las actividades rutinarias de siempre, y lo que veo y siento en esa otra proyección de mi “yo” que intento interpretar ahora…y que se hace un nudo en alguna parte de mi ser, un nudo de ahorcado que no logro desatar.
Regreso a la tempestad de ese sueño misterioso. Camino sobre los rieles de un tren amarillo. Corro a lo largo de un campo de árboles frutales y espigas o palmas de soya o sorgo, dice el psiquiatra, de acuerdo a mi descripción. Vivo ese momento como si se tratara de una realidad en cuerpo presente. Escucho la voz: auuuuuwwwwwwwiiiizzzzzzzzz…que me acaricia los oídos. El escenario es mucho más claro ahora, antes, al entrar, todo era oscuro, ahora, inmediatamente cierro los ojos, empiezo a desandar por esos campos extraños. No es un delirio, es una experiencia onírica, le oí decir al médico. Tampoco es real, es un estado mental- yo no lo veo así. Para mí no es un estado mental, es un encuentro con otro mundo, alucinado, iluminado, sensorial. Me abstengo de opinar, ya no me importa lo que piense el psiquiatra o cualquier otra persona, me importa mi vivencia. Sigo a través de los rieles, el tren se aleja, ahora usurpo un prado de hierba o flores de colores, por sobre sendas amplias, arribo a una explanada y en el fondo se ve una especie de choza levantada con madera y hojas secas. Estoy cansado, y lo que más me asombra es que desde esa otra dimensión recuerdo la fábrica de hilo y los compañeros de trabajo. Recuerdo todo como si se tratara de un sueño melancólico. Mis dos hijos, eso me impacienta, me abruma. Todo lo percibo como otra existencia, la real, digo ahora, aunque la real para mi es la choza, el árbol que le da sombra y el campo de flores que si vislumbra al fondo. Por otro lado me repugnan los personajes que vi en la trinchera, esos seres aterradores que no tienen alguna forma conocida, esos ojos grandes con patas o ruedas o no sé que se persiguen entre si…(creo que no tengo conciencia geométrica) y que proyectan una imagen de octaedros o pentaedros, o estrellas de puntas largas con ojos por todos lados, como los ángeles del Apocalipsis…De pronto me veo dentro de un mundo primitivo. Hombres y mujeres con guayucos. Hablan entre ellos, no me han visto. El corazón se me quiere salir, salta como un pez en un acuario muy pequeño. Es el Gran Alpha, la Llama Rosa, el Verbo del Principio, el encuentro con mis orígenes, creo. Mis ojos brillan en medio de la espesura, advierto. De pronto veo en lo alto de una loma una especie de carroza hecha toda de madera. Veo la rueda -ya inventaron la rueda, y también las armas- pero aún no han podido crear un tipo de ropa para el invierno, porque ya se acerca, según lo veo en la atmósfera que transmite la montaña del fondo. No sé si ya no existen los dromedarios o las aves del paleolítico. Los observo, él la acaricia, ella posa su cabeza en su pecho. Es una escena muy romántica, pero aún así, se ven nerviosos. No sé si es que no me ven o es que no han mirado hacia donde me encuentro. Sigo en la encrucijada de mi destino, y esto me lleva a hacerme una pregunta obligada: ¿esto le pasa a todo el mundo o es a mí, únicamente?El psiquiatra me mira asombrado. No se trata de una confesión cualquiera, dice. He regresado, he venido, he sobrevivido al efecto de ese inframundo. No soy un fantasma ni un espectro, soy solo esto, un hombre que quiere saber cómo escaparse de esa dimensión. Sin embargo parezco un fantasma, un espectro, un paciente que sufre de…¿soy un paranoico? Le pregunto al médico. Me despido de pronto. No quiero saber más nada de eso, solo quiero continuar con mi vida…solo eso.
Camino a lo largo de una avenida. Los árboles se van quedando desnudos de hojas y un viento recio los despoja de todo. Ya casi se acerca el otoño y el sol se cuela entre las nubes, aunque sigue haciendo frío. Está a punto de llover pero es como para despedirse de otra estación. El universo parece complicado. El aire me da en la cara con sus filamentos de astillas de las hojas. Sigo calle abajo sin detenerme, pero el corazón empieza a trotar y al instante se me empoza el agua en los ojos. Inmediatamente busco los lentes negros y me los coloco. Las lágrimas corren como pequeños riachuelos rojos que quieren o necesitan saltarse de sus órbitas. Al fin llego a casa. Mi compañera me recibe con un vaso entre las manos, es un líquido rojo, parece sangre. Esto me causa cierto horror y paso hacia la habitación. ¡Es solo un jugo de tomate! – grita desde la sala…pero yo ya no quiero tomar nada.
Desde ese entonces, creo, la voz se hizo mucho más clara, empecé a entenderla. Poco a poco fui decodificando las sílabas y los sonidos, aunque influyó mucho la intuición, y a lo mejor la nostalgia o el acento con que se expresaba, pero también porque quien se estaba comunicando conmigo había aprendido el español, y esto facilitaba más la relación con un ser del más allá. Pronto supe que todo era cierto pero que no era tan fácil de explicar. Así se lo comuniqué al psiquiatra, quien, para esta fecha, ya había grabado muchas cosas y las tenía almacenadas en pendrives y cds…y por supuesto en la computadora. De todo lo expuesto hasta ahora surge la incógnita, la que atañe a ese fenómeno del sueño, a ese regreso del “Gran Alpha” (así lo bauticé), al principio, al origen, a la creación de la rueda y al descubrimiento del fuego, al guayuco de fibra natural y los seres romboides o con forma de pentaedros como las estrellas de cinco puntas…sin los triángulos inconexos o invertidos de seis puntas.
Sospecho que el psiquiatra, al igual que mi compañera, no cree del todo la versión. Yo sostengo mi tesis, además de la amargura de cargar con este peso de contradicciones. El enigma sigue siendo el enigma. En esa atmósfera luciferina y cartesiana, de alguna manera, he empezado a tocar otros territorios mucho más peligrosos. Desanduve, entonces, esos parajes, en terribles pesadillas de las que al despertar me sentía agotado, pálido y  visualmente demacrado, como si hubiera estado bebiendo hasta la madrugada. Ese rostro mío parecía el de un cadáver, esto, por supuesto, influyó en el equilibrio que había mantenido entre mi trabajo y mi hogar. Ese rostro mío empezaba a adquirir una forma casi primitiva. Me dejé crecer la barba y para mi asombro me di cuenta que me parecía al hombre que aparecía en esa escena del sueño, junto a esa mujer de apariencia silvestre. Pero lo que más me impresionaba es que sentí muy cercanos o demasiado, familiares, los sonidos de la voz dentro de mi cabeza, a la que presentía haber trasladado al espacio que me rodeaba. Era como si la oyera en el aire, y de igual manera algunos de los otros ruidos que eran parte de las pesadillas. Por ello vibraba en mí el deseo constante de dormir para entrar a esa otra dimensión y descubrir, al fin, que había detrás de todo eso. Lo que más me preocupaba era mi situación emocional, algo que no cuadraba del todo en mi era esa especie de angustia que me perseguía de manera obsesiva. Confieso no entender nada de mi psiquis, de ese cuadro de angustia severo que ha diagnosticado el psiquiatra. En todo caso me he armado de valor sin embargo mi compañera dice que debo chequearme la tiroides. Yo poco sé de eso, no obstante me preocupa ese río desbordado constantemente en mis ojos, esas ganas de llorar que no se me quitan por nada.
Cuántas veces he salido corriendo del trabajo pensando en dormir. Dormir por millones de años en esa cama del sótano a donde me he confinado en estos últimos meses, aludiendo a que no puedo dormir con nadie porque ronco demasiado, grito, gimo, y hasta aúllo. Cuando entro, advierto un placer que no había experimentado jamás…es mágico, demente, y hasta inverosímil. Mucho más placentero que hacer el amor con alguien a quien se ame de verdad. Ese encanto magistral lleva impresa la marca de un sello que se abre como una llave y que me eleva al más alto de los estados mentales y espirituales de los que haya gozado el ser humano. Verlo todo desde otra dimensión es un delirio genuino que impregna mis sentidos de satisfacción. Así lo percibí al principio, pero luego todo se fue transformando en un ritual satánico, por así decirlo, que se fue apoderando de mi mente, de mi voluntad. Ya me debía a esa voz. Ya me controlaban desde otra parte, con ímpetu, con fuerza, con ansiedad. Ya todo era como un vicio, como consumir cocaína o cualquier otra droga psicotrópica. Alucinaba, alucinaba como un idiota. Me veía ahí, junto al árbol y ante esa choza maldita, con ese otro ser parecido a mí, con esa mujer desconocida a la que la voz llamaba Lilith. Ante esos seres maquiavélicos, deformes, espeluznantes. Mi ser se debatía en una horrible angustia que me laceraba profundamente. Lloraba, pero no por cobardía, sino por impotencia. Mi alma estaba herida. Lo sabía. ¿Podría salvarme de esto finalmente? ¿Saldría ileso de esta pesadilla? ¿Volvería a ser el mismo? ¿Creería nuevamente en la vida terrenal?
El médico sigue con sus estudios. Cita a Freud. Dice que me enfrento a un monstruo de la mente que yo mismo he creado. Le digo que no, que yo jamás pude haber creado ese fantasma, y no solo ese fantasma, repito, sino esa atmósfera de los sentidos a donde soy arrojado al dormir, sin que yo lo pueda evitar. Le grito que he perdido el control de mi mismo, que ellos, esos seres de muchas voces y ánimas me dominan, que no es un estado mental sino una posesión de un mundo que habita mi yo interno. Prefiero el insomnio a esto, le digo, aunque ambas cosas son igual de malignas para el cuerpo humano. El psiquiatra no sabe qué decir, o qué hacer, y se le ocurre hacerme una Regresión. Lo pensaré, le respondo, y salgo espavorido de su presencia.
Ese día me despidieron del trabajo. No daba la talla, dijo el gerente. Mis registros de producción habían bajado considerablemente. ¿Qué haría ahora? ¿Dormiría todo el día para entrar al territorio del Gran Alpha?
En efecto empecé a dormir demasiado. Poco me alimentaba, lo necesario, creo. Me aislé de todo el mundo. Me entregué al vicio de dormir. Dormir millones de años y despertar algún día junto a otra gente, en otro universo, en otra dimensión. Pero no debía ser así. Mi compañera no sabía qué hacer, ni mis hijos. Parecía que me había quedado dormido para siempre. Lo extraño es que los veía allí, en ambos lados de la cama. Finalmente, y después de ciertas deliberaciones, llamaron al psiquiatra y este ordenó que me sacaran, con urgencia, al hospital. Lo vi todo, pero no podía hacer nada. Estaba como entre una nube. Flotaba en el aire denso de esa mañana de agosto. Me veía allí, en esa dependencia médica, en esa cama de metal, con sondas y cables a mi alrededor, con agujas en mis brazos, con suero, sangre, y analgésicos aunque no me dolía nada.
Regresé al paraje de los rieles. El monte sobresalía. El sol empezaba a bañar los campos de luz. Se veía descuidado, hacía mucho que no había sido transitado por el tren, creo. Subí hacia las montañas y vi un letrero borroso al final de un terraplén, que decía algo así como “Argelia” aunque luego observé con detenimiento otro que daba a “Samotracia”  o “Noruega” y que imaginé infinito. Divisé a lo largo de las extensiones de sabana, un campamento donde se libraba una especie de debate entre esos seres romboides. Aros de luz emergían sobre el suelo mártir de ese territorio. Digo mártir porque al descender esos círculos luminosos herían los árboles y la tierra negra de ese sector. Caminé un poco más abajo y al ver, con mucha más claridad el escenario, comprendí todo. Se trataba de una invasión de extraterrestres sobre esa población que vivía todavía en el paleolítico. Desde allí dirigían una vaguada o algo así, con sus impresionantes cargas de electricidad que exhibían al comunicarse entre ellos. Tuve miedo, sin embargo continué allí. Esos seres espaciales empezaron a gramar o a emitir aullidos como bestias, y al instante oí sus voces en mi mente, me hablaban ahora con palabras comprensibles…
El tren amarillo parecía volar por entre una jungla de bestias esferoides. Nadie lo conducía al parecer. Descendí de la montaña y eché a correr por una siembra de zanahorias. Lloraba como un idiota pero trataba de llegar a la choza. Y cuando arribé a la huerta de hortalizas, más allá de una explanada, encontré a la pareja. Trataban de huir de algo, de los seres romboides, intuyo. Ella me miró fijo a los ojos y advertí un dejo de ternura hacia mí. Él me dirigió unas palabras que no logré entender: auuuuuwwwwwiiiiiiiizzzzzzzzz… volteé luego y ya habían desaparecido del valle, perdiéndose entre la espesura de un bosque. No sabía qué hacer, adonde correr, cómo regresar, cómo salvarme de ese abismo…
Una ola de explosiones me rodearon. Sin duda alguna se libraba una batalla en ese lugar y yo solo era un espectador de algo que se cernía sobre la tierra. Lilith, decía un letrero en la entrada de un camino de piedra. Seguí la línea de señales que conducían hacia una casa que parecía haber sido construida en otra época a la de la pareja anterior. Entré, pero estaba vacía. Las paredes tenían rastros de sangre y cabello de mujer, reseco, disperso en el piso. Un espejo repetía mi rostro que lucía espectral. Busqué la puerta del fondo y advertí los cuerpos de animales, todos desgarrados por el cuello. Regresé a la entrada y me marché. Deambulé por espacios lúgubres y desolados. Extrañamente deprimidos por la barbarie de garras asesinas. Volví al camino y busqué la trinchera por donde había entrado a ese paraje. A lo largo de la senda vi los cuerpos de personas y animales en descomposición. Un olor fétido flotaba en el poco aire de esos bosques condenados a desaparecer, porque al instante advertí las llamas que se levantaban por encima de los árboles. Cuando logré salir a la vía principal de los rieles, me encontré de frente con las aspas del tren, ahora repleto de gente. Las llamas le cubrían pero este se elevaba sobre ellas y seguía con fuerza perdiéndose entre el humo y la calina de ese atardecer que empezaba a cerrarse. Busqué la gruta hacia la trinchera. Pasé por la choza y el campo de flores. Pero el sitio había sido tomado por esos seres babosos y llenos de espinas, que merodeaban todos los portales de esta pesadilla inútil. La bruma de una especie de pólvora empezó a ahogarme. La voz rechinaba en mis sentidos, ahora mucho más clara, mucho más compresible. “Eso está sucediendo ahora en Argelia, pronto vendremos por ustedes” así más o menos decía. Miré hacia abajo, porque al momento caí en cuenta de que estaba pisando un suelo falso…descendí por una especie de tubo luminoso y me vi tratando de soportar la respiración. Me estaba ahogando en la sala de cuidados intensivos. Debía regresar, salir de allí, salvarme, decir lo que veo, lo que todavía vivo en esta dimensión, y lo que va a pasar, pero la respiración me anega…me está apretando el cuello, me está asfixiando…los hilos de la fábrica empiezan a romperse, a enredarse, a dispersarse. Los hilos también son extraños, esos malditos hilos de todos colores como el bosque de flores se vienen sobre mi cuerpo, me amarran a las máquinas, me ahorcan en sus tubos, me enredan en sus mallas. Las secretarias y los obreros tratan de salvarme de la ira de sus malignos motores criminales, pero ya es tarde, dice el psiquiatra desde su cómodo sillón de psiquiatra…
Mi compañera dice algo, y no le entiendo…pero creo que, y lo afirmo con certeza, que todavía puedo salvarme…