A PESAR DE LA NIEBLA
Cuando entramos a Villarrosario, mi
esposa y yo, los letreros inmensos promocionando posadas, nuevos restaurantes u
hoteles, acapararon inmediatamente nuestra atención y la de los turistas, tanto
que nos detuvimos para hacer las debidas comparaciones de precio y de confort
de acuerdo a las ofertas evidentes en las pancartas. Las montañas alrededor
tupidas de bosquecillos con pinos silvestres y árboles de araguaney, cedros y
apamates con sus alfombras rosadas,
caminos bordeados de piedras triangulares, como cortadas por una sierra mágica,
blancas y negras a la vez, le daban ese aspecto de bonanza que se requería para
pensar en unas felices vacaciones de descanso, lectura, y reencuentro con el
calor de los sueños de pareja, los besos, los abrazos, las caricias, la
melancolía de las palabras que atraviesan el corazón y despiertan viejos
recuerdos. Las casas con sus aleros de
teja, las pequeñas torrecitas que lanzaban bocanadas de humo ceniciento con
aroma a café o a pan recién horneado, y el patio de mármol en medio de un
jardín de variadísimos colores de rosas y otras flores, las calles angostas y
limpias le daban la bienvenida a los
visitantes ofreciéndoles un aspecto de cuidado, de esmero y anegación por parte
de los alcaldes o autoridades que lo regentaban.
Estar allí, en sus plazas, en sus
museos y bibliotecas, era como si nos hubiésemos escapado de un cuento de Oscar
Wilde. Sin embargo, cuando paseamos por las caballerizas, al final de la última
vereda, y ante la colosal montaña de cerros puntiagudos, tapiados de piedras y
monte y a menudo cubiertos por una espesa niebla que de vez en cuando se disipa
pero que, por lo general, está ahí como un fantasma impertinente, que no deja
ver más allá que la espesura, no dejamos de sorprendernos por lo curioso del
fenómeno. Pero lo que más nos impresionó fue el letrero de “Prohibido el Paso”
que se encuentra en uno de los bordes de un aprisco, que se tiñe de blanco
desde el principio a causa de la nieve y que está atravesado por un andamio de
madera, tupido de cruces y velones de diferentes colores, inmersas en
pequeñísimas iglesias, con sus lápidas de fondo y sus inscripciones grotescas,
en donde le desean una mejor vida en el más allá. Es una puerta que tiene el
infierno, dice la gente del pueblo de Villarrosario, y el que ha cruzado el
umbral de niebla del epitafio hacia una muerte en llamas, no regresará jamás.
Es un camino hacia la nada sin retorno…decía más abajo el letrero.
Regresamos
al hotel. Desde la ventana se veía la fronda dorada de un terraplén bordado de
árboles pequeños que invitaban al paseo por los valles al anochecer, bajo la
luna llena del verano. En invierno las cosas son distintas, el camino por las
trochas ofrece un panorama tenso, de gente que reniega de Dios y del gobierno,
por los desagües peligrosos, las quebradas que se desbordan, y los caminos repletos de barro. Nuestras vacaciones las
habíamos planificado para el verano, y aunque en un principio pensamos en la
playa, luego, y no sabemos aún por qué, se nos ocurrió un pueblo alejado,
sumido en las cordilleras andinas de Los Andes…y así lo hicimos.
Esa
noche me miré en el espejo. El color de la piel se había tornado débilmente
rosada, casi, roja. El sol se había encargado de curtirlo. Mi esposa conservaba
su color de piel natural. Blanca, ojos azules,
joven, alta, espigada decía mi
madre, atlética, son las cualidades con las que podría describir a mi
compañera. Ella se cuidaba mucho, con crema y hierbas especiales, y grandes
sombreros artesanales con alas hacia los lados, y lentes negros. Ambos
vegetarianos, lectores y amantes de la doce vita, decía en su acento italiano
mal pronunciado para una antropóloga de su talla. Casandra, su nombre, me
recuerda algún mito legendario de los griegos o los romanos. La miro directo a
sus ojos y no puedo evitar mi preocupación. Estoy débilmente desesperado.
Nervioso en otras palabras, y no sé por qué.
Nos
acostamos. Esa noche soñé con estos instantes. Repetí las escenas, los ajetreos
del viaje, la presura por salir, los detalles técnicos y mecánicos relacionados
con el auto. Devolvía las imágenes del día, el restaurante, los vinos de la
tarde, las conversaciones, como si se tratara de las últimas escenas de mi
vida, o de la vida de ambos. La vi sonreír, mirarme con ojos de amor, tomarme
las manos, hablarme al oído, en susurros, la vi desnudarse y entregarme su
cuerpo, la vi jadearse de placer, de emoción, de vida…y me vi aullando como un
lobo desde la ventana del auto. Todo estaba ahí, todo seguía igual, pensé en lo
recóndito de mi cerebro…y todo iba a ser siempre así, como lo soñamos desde el
principio.
En
la madrugada me levanté. La oscuridad me escondía de los tenues rayos de luna
que profanaban nuestra alcoba. Me vestí al instante, como un autómata, y salí.
Caminé a lo largo de las veredas, solo, con la curiosidad de acercarme al letrero
prohibido. El vaho de niebla casi no me dejaba ver el camino que conducía al
aprisco. Quería traspasar el umbral y
así lo hice. Oí, de pronto, la voz de Casandra, desde el otro lado de la calle,
llamándome con angustia. Se había cambiado también y me había seguido con su
linterna y su traje de campaña de la universidad donde trabajaba. Me gritaba
cosas que no entendía y que no quise entender. Seguí como un loco hacia el
fondo, a pesar de la niebla.
Decidió
seguirme. La tomé de la mano y empezamos a adentrarnos en la voluta de neblina.
Con la luz de la linterna nos guiábamos
en los primeros tramos de espesa oscuridad. Caminábamos con cuidado a través de
los caminos en descenso. Un poco después entramos en una gruta que semejaba la
trompa de un rinoceronte, abierta. Dos horas de camino por senderos oscuros, en
silencio, bajo los estertores de una música de viento que silbaba desde afuera,
y que entraba por las ranuras de los árboles o de la tierra de los cerros
cercanos. Se parecía a las tubas o los oboes en plena Marcellesa.
De
pronto empecé a sudar frío. Mientras más avanzábamos menos comprendíamos el por
qué del letrero. Consideraba que si quisiéramos regresar no teníamos sino que
devolvernos por el mismo sendero, pues hasta ahora no nos habíamos desviado
hacia ninguna encrucijada o por otros caminos. Siempre nos habíamos conducido
por el borde del aprisco aún cuando nos internamos en la gruta. Lo difícil de
todo era la blonda de neblina que teníamos a dos o tres metros de distancia,
sin embargo lo extraño es que no terminábamos de internarnos del todo en ella.
Daba la sensación de que ella se desplazaba delante de nosotros pero
manteniendo esa distancia. El tiempo no se percibía…miré el reloj de Casandra
en su brazo derecho y me percaté, al instante, que las agujas no se habían
movido. Casandra se sorprendió y quiso disimularlo pero no pudo. Un rojo
intenso demudó su rostro para luego hacerlo débilmente pálido. En un acto de
resignación intentó tranquilizarme:
-
Debió estropearse su máquina debido a la humedad- dijo en voz baja.
No
dije nada, estaba sumido en mis pensamientos. Recordé el pueblo de
Villarrosario y no dejé de preocuparme por haber violado la norma. Mi compañera
tampoco decía nada. Su paso firme me recordaba el de los atletas en momentos de
entrenamiento. La vía lucía despoblada, no se oía nada, ni una bulla sospechosa
de algo, de la gente que habla bajo mientras desayuna, pues ya tocábamos los
primeros rayos de sol del amanecer. Pero la mañana no se abría en abanico de
luz, creo que, por el contrario, las sombras se atenuaban. Y pese a ellas
seguíamos el sendero. Un halo de misterio se columpiaba en los chamizos que
sobresalían de la espesura, como ojos vivos que nos miraban desde el fondo de
la oscuridad; se percibía a distancia la fuerza de un aire frío que penetraba
los huesos. Casandra empezó a temblar.
El
hambre también comenzó a hacer mella en el estómago. Un vacío insondable nos
alejaba de la llamada “Civilización” y nos imbuía en una catacumba de horror
con un desfile de seres que se habían perdido en esta selva de misterio. Mi
compañera seguía a paso lento y cansado. Al instante la abracé. Temblaba. Oía
el chasquido de su mandíbula. Yo también empecé a temblar sin control. Los
juncos a los lados, un copo de frutas parecidas a las cerezas, pequeños árboles
de un terraplén con hierba cortada, anunciaban la cercanía de un caserío,
quizás. Pero a causa de la niebla no teníamos un horizonte visible. El hambre
nos consumía lentamente.
Una
hora después, creo, nos topamos con un árbol inmenso, de hojas secas y
puntiagudas. Y al mirar hacia lo alto, en uno de los ramajes que se extendían
en varias direcciones, vi, de soslayo, la figura tétrica de un espectro
colgado, tal asombro hizo que mi cabeza girara hacia la imagen, en efecto, un
esqueleto yacía allí, como un péndulo girando lentamente al ritmo de vaivén del
viento. Casandra emitió un grito desgarrador. Nos acercamos, el hombre,
presumíamos, tenía mucho tiempo allí. Se trataba de un ahorcado suicida,
imagino. Ella dijo lo contrario: “Un colgado …un ahorcado en contra de su
voluntad, un sentenciado…por algo, alguien, una turba, una secta…” y se deshizo
en llanto.
-
¿Por qué crees que sea un sentenciado? –pregunté con preocupación.
-
Por el tipo de material que rodea su cuello, no es un lazo, es fibra natural,
de un bejuco procesado artesanalmente, nadie en su justo juicio se pondría a
limpiarlo y cortarlo minuciosamente para luego tirárselo por la garganta;
además de todo lo que implica levantarse o subirse en algo para lanzarse desde una
distancia acorde al hecho de “suicidarse” si ese fuera el caso.
-
Si ese fuera el caso…tienes razón.
Observamos
con cuidado, ya un poco sosegados por la impresión del cadáver, y concluimos
que realmente había sido colgado contra su voluntad. Esta situación permitió
que decidiéramos regresar. Ya no podíamos soportar por algún tiempo el hambre,
el frío, y la desesperación que nos causaba el muerto. Pero ante todo el miedo
a terminar como el esqueleto. Lo observamos por última vez. Tenía un nido de pájaro,
quien sabe de qué tipo, en los huecos donde deberían ir sus ojos. Estaba
arropado de telaraña gris que parecía una túnica siniestra de monje. Partimos,
pero al intentar abordar el camino de regreso, nos percatamos de que teníamos
que escoger entre varios ramales distribuidos alrededor del árbol. Al instante
caí en cuenta que el sendero que
debíamos tomar parecía haberse borrado, o la neblina lo había borrado. Dudamos
sobre cual camino tomar, tratando por supuesto que éste estuviera cerca del
aprisco. Pero el barranco tampoco podía verse, la niebla lo hacía todo
insoportablemente denso. Una oscuridad maligna nos asediaba. Oí por primera vez
el canto de un ave que me hacía estremecer. Cantaba o chillaba, mas el sonido
que emitía parecía un berrido a veces. Debía salir de un pico inmenso, creo,
porque un pajarito común no podría tener tanta fuerza en su garganta para
prorrumpir en tan altas notas un chirrido así como el que ahora estábamos
oyendo. En ese momento se escucharon otros chillidos, demasiado agudos para
nuestros oídos, y muy largos, tanto que perecían sonidos continuos. Tomé de la
mano a Casandra y la arrastré hacia un vendaval de palmas de regular estatura.
Estábamos consternados. Los ojos de mi compañera rumiaban rabia y miedo a la
vez.
Dos
horas de camino, la neblina delante de nosotros. Casandra tenía mucha hambre,
se pasaba las manos por el estómago. Empezamos a ver una especie de hojas secas
que se erigían como banderas en el filo de los árboles secos. Los ruidos de
pájaros gigantes habían quedado atrás y ahora creíamos oír las aguas de un río
caudaloso o un chorro que se desprendiese de alguna colina. En efecto, unos
metros adelante el agua mojaba nuestras ropas en gotas suaves al principio,
frescas, finas, pero al adentrarnos las gotas se abultaban y caían como
punzadas transparentes que nos herían para luego saltar de la ropa. El agua era
clara, se veían las piedras negras en el fondo, peces, truchas y cangrejos de
clima frío, el ruido era espantoso, como de muchas aguas que se arremolinaban
en alguna parte pero que a la vez se percibían lejanas todavía. No podíamos
hablar porque no nos comprendíamos aun cuando gritáramos a todo pulmón.
Casandra me miraba con resignación, con los ojos muertos, como si una oscuridad
misteriosa se hubiera metido entre sus retinas y le hubieran robado la luz, las
manos blancas, demasiado blancas y las uñas desteñidas, sin brillo ni pintura,
el cabello alborotado…pobre de mi compañera, en ese momento creía que había
envejecido una eternidad, que los años se le venían encima, que la sonrisa de
otros tiempos se borraba, que la juventud se iba entre la espuma sedosa de la
niebla, tanto así que empezaba a encorvarse, a caminar con cierta cojera en
alguna de sus piernas, que se desvanecía en la blancura de un manantial límpido
y frío. Lloré al verla así, pero creo que ella también me veía igual porque
empezó a llorar al instante. Atravesamos el riachuelo y subimos una cuesta.
Obviamente ya no teníamos esperanzas de regresar. Habíamos perdido el rumbo y
ya nada nos detenía. Teníamos que llegar a alguna parte. Y al fin arribamos a
un trecho de tierra que se veía abonada, con cercas de madera alrededor.
Necesitábamos alimento y agua, pues no quisimos tomar agua del manantial porque
un fuerte olor a azufre se esparcía alrededor.
La
oscuridad persiste. La niebla sigue adelante, no entramos en ella, mejor así,
si estuviéramos dentro de ella tal vez no sabríamos adonde ir, ya nos
hubiésemos ido por alguna falda de montaña. Creo que hemos tratado de dominar
el impulso de angustia que nos invade a cada rato. Hemos soportado, sí, pero no
sabemos hasta cuándo podremos soportar la desesperación, retener la zozobra. Es
horrible caminar así, sin ver, sin oír ruido de personas, de la gente que
habla, que cuenta sus cosas, la voz de los borrachos en la cantina, en el
restaurante, en las calles, la voz de la mujer que grita en una esquina
llamando a sus hijos…extrañamos todo eso, incluso el ruido de las bocinas de
los autos. Esta soledad es peor que cualquier enfermedad. O es una enfermedad
insufrible. Ya no sabemos qué hacer. De pronto atravesamos un andamio de pared
de piedra, por una puerta pequeñita que conducía hacia un pasillo también de
piedra. No era una construcción normal, no, era una ruina de algo así como un
castillo surcado de aguas verdosas, empantanadas, con matas de charco y pilares
de rocas amarillas cortados a destajo, como si hubiesen sido amputados por una
sierra inmensa. Todo eso lo veíamos inmediatamente pasábamos porque la neblina
persistía adelante, por ello no veíamos nada a lo lejos, no teníamos un
horizonte de nada para, siquiera, tener idea de la dimensión del sitio donde
nos encontrábamos. Cuando ya no pudimos caminar más, nos sentamos contra una
pared de cuadros de madera pegados entre sí, con jeroglíficos en el centro,
letras de un abecedario ancestral y desconocido para nosotros. Lentamente nos
fuimos quedando dormidos, ambos entrelazados nuestros cuerpos. Apoyados entre
sí, toqué sus labios y estaban fríos, y ella me tocó en varias partes, me
abrazó, intentó besarme pero su cuerpo ya no respondía, y se fue hundiendo en
mi regazo totalmente desvanecida. Yo no pude hacer nada, me sentí mareado y me
recosté sobre el muro, desvanecido también.
Amaneció,
creo yo. Al abrir los ojos advertimos la situación en la que estábamos. Unos
gruesos barrotes se alzaban al frente y el cuartico a donde nos había llevado
era pequeño. Sin duda alguna éramos rehenes de alguien o de una comunidad. En
unas mesas de madera teníamos que comer: una especie de bollos de harina de
maíz con una crema blanca por encima. Comimos, el estómago nos reclamaba comida
con retorcijones fuertes y gemidos viscerales. También advertimos un mural en
grabado sobre la pared del costado de las rejas. Una pintura rupestre, dijo mi
compañera, de hace de cientos de años que respiraban nuestro tiempo en la
memoria de sus rasgos y texturas borrosas. Se apreciaba en trazos finos,
símbolos que representaban la tierra, el agua y el fuego en tres planos
distintos.
En efecto se percibía un universo
dividido en tres secciones fragmentadas por una cuerda nacarada. En el primero
aparecían el sol, la luna, las estrellas, astros, y un poco más abajo los
relámpagos, los truenos, los rayos, en fin. En el segundo los animales, las
plantas y los seres humanos, y en el tercero los muertos, los fantasmas, los
escabezados, los mutilados, los heridos, los hinchados, los enfermos, todos con
aspecto de zombis, como en las películas de… George
A. Romero.
Pero
lo que más nos llamó la atención fue ver figuras de ahorcados a lo largo de la
pared, todos en fila. El nombre Intip churín, aparecía
también en todos lados. Casandra recordó inmediatamente, como buena antropóloga
que había sido, el mito de los incas. Sin embargo no dejaba de sorprenderle los
demás símbolos que acompañaban al mensaje del universo, sus planos y los dioses
que componían el elenco divino, así como tampoco entendía los conductos naturales que se abrían desde
el interior al exterior, conductos por los que brotaban las aguas de la tierra,
cuevas, grietas y volcanes, pacarinas, que eran las vías primitivas de acceso
por las que llegaron los seres que dieron comienzo a la humanidad; los gérmenes
que hicieron nacer los animales, y las semillas que dieron vida a todas las
plantas que crecen sobre el mundo de aquí.
Todo eso era confuso para ella porque esas vías de entrada se veía, a la
vez, decorada por seres extraños con cara de demonios, al lado de toros
inmensos. Siluetas de toros llenaban la galería. Tuvo la necesidad de echar a
volar la imaginación o de invocar, desde la memoria, algún mito de los
alemanes, relacionado con los seres hiperbóreos, los rubios del espacio, los
hombres azules, príncipes de lejanas galaxias. Pensando en esto, dijo, no sería
raro que ese territorio estuviera ocupado por una comunidad de seres de otros
planetas.
Pasó
el tiempo. Comimos y dormimos. Lo que no sabíamos era cómo hacer necesidades.
Casandra tenía muchas ganas de orinar y no se imaginaba haciéndolo allí, o de
evacuar. Entonces empezamos a llamar a alguien. A gritar hacia los cuatro costados
por donde había ranuras. Nuestras voces regresaban en ecos interminables. Nadie
se acercaba, nadie respondía. ¿Estábamos solos en esa estructura en ruinas?
Pero ¿quién nos había encerrado allí? ¿Quién nos daba comida y agua? Porque
hasta una cafetera de barro, repleta de agua nos habían traído. La neblina seguía allí,
resguardándonos tal vez, siempre alrededor, nunca entre nosotros. Nos acordamos
del celular, y tal como lo imaginé no tenía señal. No teníamos cómo
comunicarnos con nadie y nadie con nosotros. De pronto escuchamos un ruido
lejano, como un tropel de caballos en fuga. Sostuvimos la mirada en cierne,
vivos los ojos, la mirada azul de Casandra parecía iluminar mi rostro. La boca
abierta. Oímos pasos. Unos hacia un lado del pasillo y otros en nuestra
dirección. Tal como lo imaginamos venían hacia nosotros. Hacían bulla. Y de
pronto emergió de entre la neblina un ser deforme, con pies anchos y grandes,
piernas muy delgadas y brazos esqueléticos, pelo y barba abundantes y mirada de
odio. La nariz semejaba la trompa de un cochino. Nos habló en un idioma que no
entendimos. Iba como camuflado pues el traje se parecía al color de las piedras
de las paredes. Abrió la celda y nos empujó hacia el pasillo trasversal.
Llevaba en el cuello un lazo e inmediatamente recordamos al ahorcado en el
árbol de la entrada. Nos tomó por el antebrazo y nos arrastró con ímpetu. Nos
miramos con desesperación y empezamos a forcejear pero el ese ser extraño tenía
mucha más fuerza que nosotros. Ese desarrapado reía como un sicópata, era
horrible su mirada. Detrás de nosotros se veía como una especie de carroza con
gente igual o peor. Salimos a una especie de gruta secreta, pues la entrada
estaba cubierta con palmeras secas y ramas de árboles chicos. De nuevo tuve la
sensación de que me miraban desde los orificios de las paredes de rocas, entre
las estepas de pipitas rojas y amarillas que decoraban la cueva. Al rato
salimos a un camino de árboles gigantes, la neblina siempre delante de
nosotros. Los harapientos, que no tenían aspecto de indígenas pero tampoco de
parroquianos, sino de piratas o vikingos, pero sin el estilo anglosajón o al
menos europeo, emitían como quejidos sordos para comunicarse entre ellos, y lo
hacían incluso más a través de señas que de palabras. Entramos a una especie de
templo. Los pilares a los lados le daban esa presencia de fastuosidad que debió
tener en otros tiempos; sin embargo lucían abandonados. Un séquito de
menesterosos nos separó, a ella la enviaron a una especie de silla de mármol, y
a mí me lanzaron el lazo por el cuello. El “Reino de Aldebarán” decía en un
dintel al pasar un cortinaje que se extendía a lo largo del claustro. Detrás de
los pordioseros con cara de cerdo, se erigía una corte de hombres y mujeres
blancos y blancas, rubios y rubias, altos y altas, de ojos azules. Recordé
inmediatamente la explicación que me diera Casandra antes de comer, allá en la
celda. Me había dicho que esta organización secreta, secta o cultura milenaria
creía ciegamente en el continente “hiperbóreo” que, presumían sus miembros,
habría estado situado en el Mar del Norte y habría desaparecido en las aguas
con ocasión de una era glacial y que sus habitantes habían venido hacía mucho
tiempo del sistema solar de Aldebarán, que es el astro principal de la constelación
de Tauro, y que medían cerca de cuatro metros de alto, tenían la piel blanca y
eran rubios con los ojos azules. No conocían las guerras y eran vegetarianos.
Estaba claro, Casandra, presumían ellos, era parte de esa comunidad espacial,
por ello la comida fue así, y por ello también el sitio estaba tatuado de caras
y siluetas de toros por todos lados. Y para reconfirmar todo lo que había
pensado, Casandra fue recibida como una reina en el Reino. Fue aplaudida y
coronada por un ser impecable, un hombre alto, rubio, de ojos azules, quien se
dirigió a ella en una lengua desconocida para mí, y que no era el alemán. Traté
de zafarme del hombrecito con aspecto de mendigo pero no pude. Intenté correr
hacia un pasillo pero en el acto constaté que estaba custodiado. Que muchos de
ellos cuidaban las salidas del monasterio. Tuve que resignarme. Tiempo después
fui llevado a un chiquero que estaba repleto de hojas de maíz. La corriente de
aire que corría a lo largo del paraje era frío, y olía a azufre. Las aguas estaban
contaminadas allí, porque al final corría un hilo de agua pútrida, y los
árboles yacían heridos, su corteza estaba marcada como por cortes de hacha y
quemados los bordes. Tuve miedo por primera vez, mucho más miedo que el que
sentí cuando vi al esqueleto en el árbol. Además sentía una terrible angustia,
un dolor de pecho, de corazón, y unas horribles ganas de llorar, al recordar la
mirada azul de Casandra. Su sonrisa, sus gestos, y luego su tristeza, su rostro
envejecido por la angustia.
Llegó
la noche y con ella los ruidos lejanos de pájaros inmensos. La luna se levantó
en lo alto, por sobre el templo de Aldebarán, sobre las colinas y las copas de
los árboles, por primera vez la neblina se despejaba. Esto permitió que viese
mejor el lugar. Y así fue: la tierra era roja y cenagosa, amparada por el furtivo techo de hojas secas que la cubrían,
el piso estaba lleno de tuzas y de pelambre de
mazorca, y las cercas tenían enredaderas de matas parásitas, tupidas
hasta los bordes, los grillos y las ranas cantaban, y en el fondo del charco,
iluminado por el tenue rayo de luna que se filtra por entre las nubes, pueden
verse las calaveras de los desarrapados que parecieran reír ante la muerte. Los
esclavos de Aldebarán, los humillados por los astros, los invadidos por el
cielo que al desobedecer una orden eran lanzados al fuego, al pantano o a la
horca. ¿Qué destino me deparaba ahora? Las culebras subían por las paredes del
edificio de piedra, una bandada de pájaros acechó al grupo de custodios de los
pilares, con sus graznidos terroríficos, y el trote de toros negros, babosos,
pasó a lo largo de los caminos, por ambos lados del corral. Yo estaba amarrado
a una de las esquinas de las cercas. De pronto vi a Casandra que corría a lo
largo del sendero, la cubrían dos hombres de la protección del templo, percibí
que la cuidaban, no la perseguían para matarla, eso me tranquilizó. El paladar
me supo a sangre y sin embargo pude emitir un grito que apaciguó por un
instante el canto de los grillos y las ranas. El bramido de los toros se oyó,
de pronto, en todo el sector. Ella me escuchó. Se acercó corriendo y desenredó
las amarras, los custodios nos ayudaron a huir. En pocos minutos nos hallábamos
lejos de ese sitio. La noche se cerró en vilo y la neblina nos cubrió al instante.
Las manos me temblaban. Casandra me las tomó y empezó a movérmelas para
despertar calor, pues el frío empezaba a entiesarme los huesos. Seguimos camino
abajo o a arriba, ya no sabíamos cuándo era lo uno y cuándo era lo otro. No
teníamos idea de dónde nos encontrábamos, dónde estábamos exactamente, en qué
inhóspito lugar de la selva del Los Andes nos hallábamos. En qué parte del
corazón de los incas se había instaurado ese reino hiperbóreo, sin rastro para
la etnología o la antropología actual. En qué coordenadas geográficas se erguía
esa civilización que buscaba entronarse en ese legendario pedazo de suelo
andino, entre montañas y caudales de agua benigna, límpida, pura, que corrían a
lo ancho de la fronda de jungla de ese paraíso perdido para siempre, e invadido
por seres de otros mundos, de otras galaxias, de otros universos…pero
saldríamos de allí, regresaríamos a Villarrosario, contaríamos al mundo sobre
ese eslabón de la Antártida, sobre ese Dorado repleto de oro y piedras
preciosas, que otras civilizaciones necesitaban para sobrevivir a la furia de
las invasiones extraterrestres, volveríamos sí, a pesar de la niebla.
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